La vida de un leucocito (I)
El capitán Magnus de la Guardia Neutrófila se encontraba de patrulla por algún lugar de la dermis.
Entonces lo sintió, al otro lado del capilar por donde patrullaba había algo. Algo malo. Las barreras externas habían caído y algo había penetrado en el organismo. Atravesó e endotelio y repentinamente Magnus se vio inmerso en un campo de batalla.
Su Receptor de Patrones reaccionaba con intensidad, no sabía lo qué era el enemigo, pero no lo necesitaba tampoco, él era la respuesta temprana del organismo, las tareas de identificación y ataque preciso estaban por encima de él en la línea de mando, el capitán Magnus solo necesitaba saber una cosa: eso era un enemigo. Eso se podía fagocitar.
Avanzó con sus potentes pseudópodos hasta englobar por completo a la criatura, no era el único que estaba allí, sintió como sus compañeros neutrófilos estaban luchando contra los invasores a su alrededor. Se sintió inmerso en un mar de citocinas y continuo la matanza. Los invasores estaban indefensos ante él, pero eran muchos.
Los grandes fagocitos del Cuerpo Macrofágico también estaban allí, engullían con fiereza y no sólo eso, producían IL-1 y TNF-α, señales de inflamación, llamaban refuerzos, cerraban la zona para que la infección no se extendiera.
De repente, como caído del cielo, el sistema de defensa automática del plasma se activó, la vía alternativa del complemento, una lluvia de enzimas se desató contra los invasores, algunas los marcaban para que Magnus y sus compañeros pudieran atacarlas mejor, otras en cambio, eran algo mucho más mortífero: actuaban como un taladro, perforando la membrana de los agresores, liberando su citoplasma el exterior y permitiendo el flujo libre de agua a través de sus membranas, causando una agónica muerte por choque osmótico.
Y aun así no era suficiente. Los enemigos no dejaban de llegar. Magnus sintió a su alrededor los cadáveres de sus compañeros, dañados por el enemigo, la propia infamación o incluso por el mero hecho de fagocitar demasiado. Magnus habría deseado poder decir que su sacrificio sería recordado, pero no era así, eran la inmunidad inespecífica, no eran héroes como los veteranos linfocitos, solo la respuesta temprana del organismo, su deber era morir por el organismo y ellos lo cumplían.
La situación empezaba a descontrolarse, el pus bañaba el campo de batalla y era necesaria una acción más contundente. Una célula dendrítica el sistema de inteligencia militar capturo a un enemigo y corrió a toda velocidad al ganglio más cercano, mientras tanto disolvía al enemigo en sus componentes más básicos para colocarlos en sus moléculas de histocompatibilidad tipo dos de la membrana, donde los linfocitos podrían inspeccionarlas
Al llegar al ganglio una fila de nuevos reclutas del cuerpo T y B le esperaban impacientes. Los reclutas comenzaron al instante a reconocer el antígeno presentado por turnos. Los que tenían una forma similar en sus inmunoglobulinas iniciarían el peligroso proceso de la mutación somática: podían reconocer al enemigo, pero tenían que crear un arma específica contra él. Este proceso era la piedra angular de la defensa específica, gracias a él se producían armas de tremendo poder, pero era mutación: modificar la sagrada secuencia del genoma, que todos sus hermanos, desde el humilde coloncito a la noble neurona, compartían. En cualquier otra situación algo así se habría considerado hereje y cancerígeno, pero los linfocitos tenían que hacerlo, y aunque lo controlaban, podían caer en la disformidad y la muerte.
Por suerte, no fue necesario que ningún recluta iniciase la peligrosa mutación somática pues apareció un veterano de guerras pasadas. Era un linfocito B de memoria, una célula de una antigüedad que escapaba a la comprensión, tan vieja casi como las neuronas del córtex, que llevaban rigiendo el organismo desde el principio de los tiempos. Había luchado cientos de veces contra este enemigo y lo reconoció al instante: un Staphilococcus aureus. El comandante T dio la orden y el veterano empezó a expandirse, se replicaba con furia creando vástagos que poseían su arma específica contra el enemigo un tipo muy especial de inmunoglobulina G.
Los vástagos del linfocito de memoria se atrincheraron como células plasmáticas y dispararon los anticuerpos a razón de varios millones por segundo y el campo de batalla fue consumido por una furia descomunal.
Las inmunoglobulinas hostigaban sin descanso a los enemigos atacándolos por varios frentes, por una parte, permitían la activación extrínseca del complemento, haciendo que los complejos de ataque a membrana reventasen bacterias por doquier, por otra parte las opsonizaban: las marcaban y contrarrestaban sus mecanismos de defensa ante la fagocitosis.
Magnus vio la lluvia de inmunoglobulinas como una señal de que el sagrado organismo se preocupa por todos sus siervos, por humildes que sean, y con renovadas energías lidero una carga fagocítica contra el enemigo. Las bacterias opsonizadas fueron arrasadas bajo la furia desatada de los neutrófilos y macrófagos. A las pocas horas la infección había terminado.

Un relato magistral. Es increíble lo que ocurre constantemente a nivel microscópico delante de nuestras narices sin que tengamos conocimiento ni seamos conscientes de ello.
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